La cena del Señor y el Bautismo | Eclesiología con Feliberto Vasquez Rodriguez

 


Históricamente, los protestantes han reconocido dos ordenanzas: el bautismo y la Cena del Señor (o Santa Cena), mientras que los católicos romanos han mantenido siete sacramentos: bautismo, eucaristía (Santa Cena), confirmación, penitencia (confesión), unción de los enfermos, orden sacerdotal y matrimonio. Hay diferencia de opiniones en cuanto a la terminología. Los católicos (y algunos protestantes) prefieren el término sacramento, proveniente del latín sacramentum, cuyo significado es “algo separado o sagrado”. En la Vulgata Latina el término sacramentum también se usó para traducir la palabra griega musterion (Ef. 5:32) y “terminó usándose para todo lo que tuviera un significado secreto o misterioso. Agustín lo llamaba ‘la forma invisible de la gracia visible’”.[1] Después se definió sacramento como una “señal visible y externa de la gracia espiritual e interna”.[2] Por esa razón, muchos protestantes prefieren el término ordenanza, que no tiene la connotación de gracia transmitida. Una ordenanza podría definirse como “un rito externo, prescrito por Cristo, que debe realizar la iglesia”.[3]

Cena del Señor

Cristo instituyó la Santa Cena en la víspera de su crucifixión, y les ordenó a sus seguidores que siguieran practicándola hasta su regreso (Mt. 26:26-29; Mr. 14:22-25; Lc. 22:14-23). Era un pacto o testamento nuevo que contrastaba con el antiguo pacto mosaico. Era necesaria la muerte para habilitar el pacto, porque por en ella había perdón de pecados. Pablo también enseñó esta ordenanza a la iglesia de Corinto (1 Co. 11:23-32). El asunto en cuestión, por supuesto, es: ¿qué significa la Cena del Señor? La cristiandad ha tenido cuatro perspectivas sobre su significado.

Transubstanciación. La perspectiva católica romana sobre la Santa Cena se llama transubstanciación, que significa “cambio de sustancia”. La Iglesia católica romana enseña que en el momento de la eucaristía (la misa) ocurre un milagro en el cual el pan y el vino se vuelven literalmente el cuerpo y la sangre de Cristo, aunque las características sensoriales de los elementos (llamadas “accidentes” por los católicos) —figura, color, sabor y olor— sigan siendo las mismas. El Credo del papa Pío IV declaraba: “Profeso igualmente que en la Misa se ofrece a Dios un sacrificio verdadero, propio y propiciatorio por los vivos y por los difuntos, y que en el santísimo sacramento de la Eucaristía está verdadera, real y sustancialmente el cuerpo y la sangre, juntamente con el alma y la divinidad, de nuestro Señor Jesucristo, y que se realiza la conversión de toda la sustancia del pan en su cuerpo, y de toda la sustancia del vino en su sangre…”.[4] Cuando el sacerdote consagra los elementos, la sustancia cambia de pan y vino a cuerpo, sangre, alma y divinidad de Cristo. Así, en la enseñanza católica, el participante toma, en realidad, el cuerpo de Cristo. La Iglesia católica afirma que ésa es la enseñanza en Juan 6:32-58.

John O’Brien, católico romano, declaró: “La misa, con sus vestimentas coloridas y ceremonias vívidas, es una reconstitución dramática, de forma incruenta, del sacrificio de Cristo en el Calvario”.[5] Un teólogo católico contemporáneo la igualó con la salvación: “En su carne y sangre, pues, se ofrece Jesús mismo. Él se presenta como don de salvación”.[6]

Esta perspectiva suscita varios problemas serios. (1) Así las cosas, la obra de Cristo no se ha acabado, el sacrificio de Cristo continúa en la misa. Mas Cristo declaró que su obra se completó (Jn. 19:30), y el autor de Hebreos también lo dijo (He. 10:10-14). (2) Si esta enseñanza fuera cierta, el cuerpo de Cristo tendría que ser omnipresente; no obstante, su cuerpo humano está en el cielo (Hch. 7:56). (3) Cristo usó una figura del lenguaje para instituir la Cena —la metáfora: “Esto es mi cuerpo… esto es mi sangre”— para referirse al pan y la copa. Él estaba físicamente presente, pero era distinto a los elementos, cuando se refirió a ellos como su cuerpo y su sangre. De igual forma, en Juan 6 Jesús usó una metáfora impactante para describir vívidamente la relación de la fe salvadora con Él (“El que come mi carne y bebe mi sangre”). Insistir en la literalidad de dichas expresiones supone violentar los principios hermenéuticos fundamentales. (4) Estaba prohibido que los judíos bebieran sangre (Lv. 17:10-16), pero era eso lo que Jesús les estaría pidiendo en caso de que tuviera en mente la transubstanciación.

Consubstanciación. Es la doctrina luterana según la cual el cuerpo y la sangre de Jesús están realmente presentes en los elementos pero ellos siguen siendo pan y vino; no se convierten literalmente en el cuerpo y la sangre como enseña la doctrina católica romana. Para enfatizar la presencia de Cristo en los elementos, los luteranos usan términos como “en, con y bajo” para expresar la presencia real de su cuerpo y sangre. Martín Lutero usó la ilustración del hierro puesto en el fuego donde ambos, fuego y hierro, unidos en el hierro al rojo vivo, se mantienen a pesar de todo sin cambio.[7]

Los luteranos difieren de los católicos romanos también en que no aceptan la noción del sacrificio perpetuo de Cristo en la Eucaristía. No obstante, Lutero insistió en que “al participar del sacramento se experimenta un beneficio real: el perdón de los pecados y la confirmación de la fe. No obstante, el beneficio se debe a la recepción de la Palabra por la fe, no a los elementos en el sacramento”.[8]

El problema con la perspectiva luterana de la Eucaristía es que no reconoce la declaración “esto es mi sangre” como figura del lenguaje.

Perspectiva reformada. También se llama perspectiva calvinista porque sus adherentes son de las iglesias reformadas (y otras) que siguen las enseñanzas de Calvino sobre el tema. Rechaza la noción de la presencia literal de Cristo en cualquiera de sus formas; en esto se asemeja a la perspectiva memorial. No obstante, enfatiza la “presencia de la obra espiritual de Cristo”. Calvino enseñó que “Cristo está presente y gozado en toda su persona, tanto cuerpo como sangre. Enfatiza la comunión mística de los creyentes con todo el ser del Redentor… Aunque el cuerpo y la sangre de Cristo están ausentes aquí y presentes en el cielo, le comunican al creyente una influencia que da vida”.[9] La gracia se comunica a quienes participan de los elementos debido a la presencia mística de Cristo en ellos; más aún, la gracia es similar a la recibida por medio de la Palabra y, de hecho, añade efectividad a la Palabra.[10]

Esta perspectiva tiene un problema: no hay una declaración explícita o una inferencia de las Escrituras donde se sugiera que al participante se le imparte gracia.

Perspectiva memorial. También se le llama “perspectiva Zuingliana”, por el reformador suizo Ulrico Zuinglio (1481-1531), el cual era un claro defensor de la misma, a diferencia de otras perspectivas de su tiempo. Zuinglio, en contraste con la perspectiva calvinista, enseñaba que no había presencia real de Cristo, sólo había comunión espiritual con Cristo de quienes participaban con fe. En la perspectiva memorial se concibe al pan y la copa únicamente en sentido figurado; un memorial de la muerte de Cristo. Aunque Zuinglio reconocía la presencia espiritual del Señor en quienes participaban con fe, los anabautistas rechazaron la idea de la presencia en la Cena en cualquier sentido no más que pudiera estar presente en cualquier otro lugar. Esta perspectiva enfatiza la demostración de fe en la muerte de Cristo por medio del acto simbólico.

La perspectiva memorial tiene amplio respaldo en las Escrituras. Cuando éstas se examinan revelan el significado de la Cena del Señor. Es un memorial de su muerte (1 Co. 11:24-25): así lo deja claro la declaración constante “en memoria de mí”; el pan simboliza su cuerpo perfecto, ofrecido en sacrificio para llevar los pecados (1 P. 2:24), y el vino es la sangre derramada para perdonarlos (Ef. 1:7). Es la proclamación de la muerte de Cristo mientras se espera su regreso (1 Co. 11:26): recuerda el evento histórico de la cruz y anticipa su retorno futuro (Mt. 26:29). Es comunión de los creyentes entre ellos (1 Co. 10:17): comen y beben los mismos elementos simbólicos centrándose en la fe común en Cristo.

Bautismo

Significado. El bautismo neotestamentario tuvo su origen en el mandamiento de Cristo de hacer discípulos y bautizarlos (Mt. 28:19). En el origen de este mandato hay un orden establecido. La primera parte era hacer discípulos, luego había que bautizarlos. Ése es el patrón en Hechos. Pedro ordenó que sus oyentes se arrepintieran y luego se bautizaran (Hch. 2:38). El bautismo era sólo para quienes oían el evangelio, lo entendían y respondían con fe y arrepentimiento. Las personas recibían primero la Palabra y después se bautizaban (Hch. 2:41). Así ocurrió con quienes respondieron al mensaje de Felipe (Hch. 8:12), con el etíope (Hch. 8:38), Pablo (Hch. 9:18), los gentiles de Cesarea (Hch. 10:48), Lidia (Hch. 16:14-15), el carcelero de Filipos (Hch. 16:32-33) y Crispo (Hch. 18:8). Todas estas referencias indican que el bautismo es posterior a la fe; el arrepentimiento y la fe son anteriores a la ordenanza del bautismo.

El bautismo significa identificación. En el Nuevo Testamento identifica al creyente con Cristo en su muerte y resurrección. El bautismo en el nombre de Cristo (Hch. 2:38) enfatiza la asociación con Cristo en el rito. Romanos 6:4-5 ilustra el significado del bautismo en agua, aunque se refiere al bautismo del Espíritu y no al bautismo en agua. Es una declaración pública de que el creyente se unió a Cristo por la fe, en su muerte y resurrección.

Perspectivas sobre el bautismo.[11] (1) Medio de gracia salvadora (regeneración bautismal). Según esta perspectiva, el bautismo “es el medio por el cual Dios imparte la gracia salvadora, lo cual da como resultado la remisión de los pecados. Al despertar o fortalecer la fe, el bautismo lava para regeneración”.[12] Según la perspectiva católica romana no es necesaria la fe; el rito como tal es suficiente si se realiza apropiadamente. La perspectiva luterana es que la fe es un prerrequisito. Los niños se deben bautizar y pueden poseer inconscientemente la fe de sus padres.

(2) Señal y sello del pacto. Es la perspectiva de las iglesias reformadas y presbiterianas. Los sacramentos del bautismo y la Cena del Señor son “señales y sellos de algo invisible e interno, a través de los cuales Dios obra en nosotros por el poder del Espíritu Santo… El bautismo nos asegura las promesas de Dios, como la circuncisión en el Antiguo Testamento… El bautismo es el medio de iniciación en el pacto y una señal de la salvación”.[13]

(3) Símbolo de nuestra salvación. Es la perspectiva de los bautistas y otros según la cual el bautismo sólo es una señal externa del cambio interno. Es un testimonio público de la fe en Cristo. “No produce cambio espiritual alguno en quien se bautizó… El bautismo no aporta directamente ninguna bendición o beneficio espiritual”.[14] Más aún, sólo debe practicársele a los creyentes. Por tanto, esta perspectiva es la única que afirma que sólo creyentes deben bautizarse. Las primeras dos declaran que los niños deberían o pueden bautizarse, junto con los adultos convertidos.

Modo. Hay diferencias de vieja data sobre el modo del bautismo. Parte del problema radica en que, en realidad, la palabra bautismo es un término no traducido que se incorporó al idioma por la transliteración de la palabra griega baptisma (verbo baptizo). Hoy se practica el bautismo en tres modos: por afusión, aspersión e inmersión. A continuación se explica la defensa de los tres.[15]

(1) Afusión o vertimiento. Históricamente, quien bautizaba vertía agua tres veces sobre la cabeza del bautizado, una por cada miembro de la Trinidad. El argumento es que vertir el agua ilustra mejor la obra del Espíritu Santo en la persona (Hch. 2:17-18). Se afirma que frases como “descendieron ambos al agua” (Hch. 8:38) y “cuando subía del agua” (Mr. 1:10) se relacionan con vertir agua tanto como la inmersión. La Didajé, escrita al comienzo del siglo II, declaraba: “Respecto del bautismo, bautizad de esta manera. Dichas con anterioridad todas estas cosas, bautizad en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo en agua viva [corriente]. Pero si no tienes agua corriente, bautiza con otra agua. Si no puedes hacerlo con agua fría, hazlo con agua caliente. Si no tuvieres ni una ni otra, derrama tres veces agua sobre la cabeza en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.[16] Se infiere que la iglesia primitiva permitía verter el agua aun cuando empleaba la inmersión. Parece que los dos modos ya existían en el siglo II.

La afusión tiene un respaldo adicional en las ilustraciones gráficas tempranas, donde se muestra al candidato al bautismo de pie en el agua mientras el ministro vierte agua sobre su cabeza. Finalmente, en los bautismos de la casa de Cornelio (Hch. 10:48) y del carcelero de Filipos (Hch. 16:33) parece más probable la afusión que la inmersión.

(2) Aspersión o rociamiento. En los primeros siglos se reservaba la aspersión para los enfermos o quienes estaban demasiado débiles para recibir el bautismo en público por inmersión o afusión. Su uso generalizado no se aceptó hasta el siglo XIII. A menudo se citan dos precedentes para respaldar la aspersión. Los levitas del Antiguo Testamento se limpiaban con el agua que caía sobre ellos (Nm. 8:5-7; 19:8-13). Hebreos 9:10, en el texto griego original, se refiere a este ritual de limpieza como “bautismo” (gr., baptismos; traducido “abluciones” en la RVR). En el siglo III, Cipriano declaró que ni la cantidad de agua ni el método limpiaban el pecado; más bien, cuando la fe del receptor era genuina, la aspersión era tan efectiva como los otros modos de bautismo.

(3) Inmersión. Se acepta en general que la iglesia primitiva sumergía a quienes se bautizaban. El estudio léxico de baptizo indica que significa “hundir, sumergir”.[17] Según Oepke, baptizo quiere decir “sumergir” y la palabra se ha usado para “hundir un barco”, “hundir (en la arena)”, “ahogarse” y “morir”.[18] Tal significado básico está acorde con el énfasis de las Escrituras: Juan bautizó a Jesús “en el Jordán” y Él “subía del agua” (Mr. 1:9-10; cp. Hch. 8:38). Por otro lado, el griego tiene palabras para rociar y derramar que no se usan para hablar del bautismo.

Los múltiples estanques de Jerusalén podrían haberse usado para la inmersión, y es muy probable que se usaran para sumergir a un grupo grande como los tres mil del día de Pentecostés (Hch. 2:41). También se sabe que los prosélitos hacían la inmersión solos; éste era el modo practicado por la iglesia primitiva. La inmersión ilustra mejor la verdad de la muerte y resurrección con Cristo en Romanos 6.

Bautismo de los niños. Al bautismo de los niños, practicado por católicos romanos, anglicanos, presbiterianos, metodistas y luteranos, se lo defiende de varias maneras. Está relacionado con la teología del pacto. A los niños judíos se les circuncidaba y así se introducían a la comunidad de creyentes, así el bautismo de niños es la contrapartida de la circuncisión, y los introduce en la comunidad cristiana. Está relacionado con la salvación de toda la casa (cp. Hch. 16:15, 31, 33-34; 18:8). Algunos creen que la declaración “cuando fue bautizada, y su familia” (Hch. 16:15) da a entender el bautismo de niños.[19]


[1] Saucy, The Church in God’s Program, p. 191.

[2] R. S. Wallace, “Sacrament” en Walter A. Elwell, ed., Evangelical Dictionary of Theology [Diccionario teológico de la Biblia] (Grand Rapids: Baker, 1984), p. 965. Publicado en español por Caribe.

[3] Charles C. Ryrie, A Survey of Bible Doctrine [Síntesis de la doctrina bíblica] (Chicago: Moody, 1972), p. 149. Publicado en español por Portavoz.

[4] Loraine Boettner, Roman Catholicism (Filadelfia: Presbyterian and Reformed, 1965), pp. 168-169.

[5] Loraine Boettner, Roman Catholicism (Filadelfia: Presbyterian and Reformed, 1965), pp. 114

[6] Alois Stoger, “Eucharist”, en J. B. Bauer, ed., Encyclopedia of Biblical Theology (Nueva York: Crossroad, 1981), p. 234.

[7] Erickson, Christian Theology [Teología sistemática], p. 3:1117.

[8] Erickson, Christian Theology [Teología sistemática], p. 1118

[9] Louis Berkhof, Systematic Theology [Teología sistemática] (Grand Rapids: Eerdmans, 1941), p. 653. Publicado en español por T.E.L.L.

[10] Louis Berkhof, Systematic Theology [Teología sistemática] (Grand Rapids: Eerdmans, 1941), p. 654.

[11] Para un resumen de estas perspectivas, véase Erickson, Christian Theology [Teología sistemática], pp. 3:1090ss.

[12] Erickson, Christian Theology [Teología sistemática], pp. 3:1090.

[13] Erickson, Christian Theology [Teología sistemática], pp. 3:1093.

[14] Erickson, Christian Theology [Teología sistemática], pp. 3:1096.

[15] Véanse los resúmenes de estas tres posiciones en Ryrie, Basic Theology [Teología básica], p. 424, y G. W. Bromiley, A. T. Robertson, T. M. Lindsay y W. H. T. Dau, “Baptism”, en Geoffrey W. Bromiley, ed., The International Standard Bible Encyclopedia, 4 vols. (Grand Rapids: Eerdmans, 1988), pp. 1:410-426.

[16] J. B. Lightfoot, ed. orig.; J. R. Harmer, ed. y comp., The Apostolic Fathers [Los padres apostólicos] (Reimpresión. Grand Rapids: Baker, 1956), p. 126. Publicado en español por Clie.

[17] Arndt y Gingrich, A Greek-English Lexicon, p. 131.

[18] Albrecht Oepke, “Baptizo”, en Gerhard Kittel, ed., Theological Dictionary of the New Testament, 10 vols. (Grand Rapids: Eerdmans, 1964), p. 1:530.

[19] Lenski declara: “Ahora, ‘su familia’ como se usa aquí, es el término regular para hablar de los miembros de la familia inmediata. Así, los hijos de Lidia estarían incluidos (en el bautismo)… El punto en cuestión está relacionado con los niños hasta la edad de discreción y no sólo a los bebés… Los apóstoles y sus asistentes bautizaban familias completas, y esas familias entraban en la iglesia cristiana por el bautismo”. R. C. H. Lenski, The Interpretation of the Acts of the Apostles (Minneapolis: Augsburg, 1961), p. 660. Véase David John Wiliams, Acts: A Good News Commentary (San Francisco: Harper, 1985), p. 185; y Wiliam Neil, “The Acts of the Apostles”, The New Century Bible Commentary (Grand Rapids: Eerdmans, 1981), p. 143.


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