La profecía de Daniel de las “setenta semanas”

 


La profecía de Daniel de las “setenta semanas”

Daniel 9:24-27 con su profecía de las “setenta semanas” es uno de los pasajes proféticos más importantes de la Biblia. Se ha mencionado a menudo a este texto como “la columna vertebral de la profecía bíblica”, y con razón, dado que varios pasajes proféticos del Nuevo Testamento se apoyan con firmeza en su contenido (Mt. 24:15; 2 Ts. 2; Ap. 11–13). Jesús, Pablo y Juan se refieren a esta sección. La correcta interpretación de este texto es la bisagra del entendimiento de la profecía bíblica:

Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos. Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos. Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí; y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones. Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador.

Definición de las “Setenta semanas”

El contenido de este pasaje es el conocimiento que Daniel tiene de la profecía de Jeremías respecto a que el asolamiento de Jerusalén a manos de los babilonios acabará después de setenta años (Dn. 9:2; cf. Jer. 25:12; 29:10). Levítico 25 ordenaba que cada séptimo año, el pueblo de Israel tenía que darle descanso a la tierra. Sin embargo, Israel no observó el descanso del Sabbat de la tierra en setenta ocasiones. El septuagésimo año del cautiverio babilónico fue la forma en que Dios le proporcionó a la tierra el descanso que Él quería que tuviera. Cuando Daniel contempló la profecía de Jeremías, oró por su pueblo pecaminoso, Israel (Dn. 9:3-19). El ángel Gabriel vino entonces a Daniel y le transmitió una visión respecto al futuro de Israel.

Las “setenta semanas” de Daniel 9:24 forma el núcleo central de esta profecía y concierne al “pueblo” de Daniel y a la “santa ciudad”. El “pueblo” de Daniel debe ser Israel, ya que el cautiverio babilónico afectó al pueblo de Israel, y la oración de este varón judío era por Israel. La “santa ciudad” ha de referirse a Jerusalén, ya que la profecía de Jeremías se refería al final de “las desolaciones de Jerusalén” (Dn. 9:2). Interpretar que Israel y Jerusalén son alguna otra cosa no le hace justicia al contexto.

¿Pero qué son las “setenta semanas” a las que se refiere Gabriel? En hebreo, “setenta semanas” significa literalmente “setenta sietes”. Setenta sietes (o setenta veces siete) equivalen a 490. Pero ¿490 qué? ¿Días? ¿Meses? ¿Años? El contexto indica que se tiene en mente 490 años ya que las violaciones del año sabático fueron la razón de la expulsión de Israel y de los setenta años de cautividad babilónica resultantes. (El año de los antiguos constaba de 360 días). Asimismo, un período de 490 días o 490 meses quedaría sumamente corto para el cumplimiento de las seis predicciones de 9:24.

Este período de 490 años de Daniel 9:24 proporcionaría seis resultados: (1) “terminar la prevaricación”, (2) “poner fin al pecado”, (3) “expiar la iniquidad”, (4) “traer la justicia perdurable”, (5) “sellar la visión y la profecía” y (6) “ungir al Santo de los santos”. Los tres primeros efectos se centran en derrotar el pecado en Israel. Los tres finales se enfocan en desarrollos positivos respecto al reino, y en traer la justicia con el reino del Mesías, el cumplimiento de todas las profecías en las Escrituras y ungir el templo de Jerusalén. La base para los tres primeros se cumplió con la primera venida de Jesús y con su muerte, aunque su aplicación a Israel como nación sigue estando en el futuro. Los tres últimos aguardan su cumplimiento en la segunda venida de Jesús. En este punto de la historia, la justicia eterna no ha llegado ni se han cumplido aún todas las profecías de las Escrituras, y el templo de Jerusalén no ha sido ungido. Pero estas cosas sucederán cuando Jesús establezca su reino milenial.

Las setenta semanas (490 años) empiezan con “la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén” (Dn. 9:25). Esta restauración se cumplió probablemente en el ca. 445 a.C., cuando el rey Artajerjes decretó que los judíos podían regresar y reedificar Jerusalén (Neh. 2:1-8). A continuación, las “siete semanas” o cuarenta y nueve años pueden referirse a la conclusión de la tarea de Nehemías en la reedificación de “la plaza y el muro”, así como al final del ministerio de Malaquías y el final del Antiguo Testamento. Tras esos cuarenta y nueve años, otras “sesenta y dos” semanas más o 434 años (sesenta y dos veces siete) se añaden al plazo. Reunidos, esos 483 años tras el decreto de Artajerjes en el ca. 445 a.C. culminan en la entrada de Jesús en Jerusalén en marzo del 30 d.C.

Daniel 9:26 declara que “después” de sesenta y dos semanas, que en realidad son sesenta y nueve semanas (siete más sesenta y dos), “se le quitará la vida al príncipe elegido. Éste se quedará sin ciudad y sin santuario” (NVI). Días después de entrar en Jerusalén, Jesús es crucificado. Que el Mesías “se quede sin ciudad y sin santuario” resulta chocante. El Mesías de Israel viene, lo matan y muere sin nada. No se ha producido justicia alguna del reino ni justicia eterna. El resto del versículo 26 describe otros acontecimientos “después” de las sesenta y nueve primeras semanas: “El pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones”. Esta declaración predice la destrucción de Jerusalén y del templo judío con la invasión romana de Jerusalén, en el 70 d.C. (Lc. 21:20-24).

El “pueblo” en Daniel 9:26 se refiere a los romanos, ya que fueron quienes destruyeron Jerusalén en el 70 d.C. De ese “pueblo” llegará un día el “príncipe que ha de venir”. Es la maligna figura del anticristo, quien llegará algún tiempo después de la destrucción de la ciudad y del santuario. Que es una persona malvada, y no Jesús el Mesías, es afirmado por las descripciones de Daniel 9:27, en las que él comete un acto abominable en el templo y es destruido por sus devastaciones. Asimismo, establecerá pacto con el pueblo de Israel durante una semana (siete años), algo que Jesús nunca hizo. Por tanto, el contexto apunta a la maligna figura del anticristo, a quien también se identifica como el “cuerno pequeño” de Daniel 7:8 y el obstinado rey de Daniel 11:36. Las declaraciones “hasta el fin de la guerra” y “durarán las devastaciones” (Dn. 9:26) revelan que las pruebas y los lamentos de Jerusalén continuarán incluso después de la destrucción de Jerusalén. Sin lugar a dudas, las cosas han sido así, como muestra la tumultuosa historia de Israel desde el 70 d.C. Jesús mismo predijo que los “tiempos de los gentiles” continuarían incluso después de la destrucción de Jerusalén en el 70 d.C. (Lc. 21:24).

Daniel 9:27 prosigue y afirma que el príncipe malvado de los romanos y “por otra semana confirmará el pacto con muchos”. Así como las sesenta y nueve primeras semanas eran literales, también lo es la última semana de siete años. Interpretar la semana final de cualquier otra manera que no sea un período de siete años es violar el contexto. Que este pacto es futuro desde nuestro punto de vista queda verificado por el hecho de que no se haya producido en la historia pacto alguno de siete años entre un líder del Imperio romano y el pueblo judío.

“A la mitad de la semana” (tres años y medio), ese líder quebranta el pacto con Israel, y “hará cesar el sacrificio y la ofrenda”. En otras palabras, detiene el sistema de adoración judío. Esto sucede en “las abominaciones” y será cuando “vendrá el desolador”. Este desolador pondra la abominación en una parte del templo. Jesús hace uso de los mismos términos cuando dice: “Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel” (Mt. 24:15).

Sin embargo, este desolador se dirige hacia la destrucción. Lleva a cabo sus “abominaciones” solo “hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador” (Dn. 9:27). La ira de Dios caerá sobre este príncipe malvado. Pablo se basa en Daniel 9:27 cuando se refiere a la venida del “hombre de pecado” (2 Ts. 2:3) a quien Jesús matará en su venida: “Y entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida” (2 Ts. 2:8).

Intervalo entre la sexagésima novena y la septuagésima semanas

Muchos intérpretes concuerdan en que las sesenta y nueve semanas (483 años de 360 días cada una) de la profecía de Daniel se cumplieron con la primera venida de Jesús y su muerte alrededor del 30 d.C. Sin embargo, algunos disienten respecto a si la última semana de años, un período de siete años, se cumplió inmediatamente después de que expiraran las primeras sesenta y nueve semanas o si hay una brecha de tiempo entre el fin de la semana sesenta y nueve y el comienzo de la semana setenta. En otras palabras, ¿expiró la septuagésima semana de Daniel a finales de la década de los 30 — es decir, en los siete años que siguieron al final de la semana sesenta y nueve en torno al 30 d.C.— o se cumplirá la septuagésima semana de Daniel en el futuro? El punto de vista correcto es el segundo.

Quienes se oponen a un intervalo suelen preguntar dónde vemos en Daniel 9:24-27 cualquier prueba de un lapso mayor entre la sexagésima novena semana y la septuagésima. Sin embargo, las pruebas de esto son muy fuertes. Las razones siguientes explican por qué existe un espacio de tiempo.

1.     Existe un intervalo entre la primera y la segunda venida de Jesús. La profecía bíblica se entiende mejor en el contexto de las dos venidas de Jesús. Existe un lapso significativo de tiempo entre la primera y la segunda venida de Jesús. Al ser este el caso, es razonable esperar un espacio de tiempo en el cumplimiento de las profecías sobre Jesús. Por ejemplo, Zacarías 9:9 predijo que el Mesías iría a Jerusalén humildemente montando en un asno. Esto se cumplió con la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén (Mt. 21:1-8). Sin embargo, Zacarías 9:10 también declaró un reinado mundial del Mesías en la tierra: “Hablará paz a las naciones, y su señorío será de mar a mar, y desde el río hasta los fines de la tierra”. Este versículo se cumplirá con la segunda venida de Jesús y, ciertamente, no siguió de inmediato a su entrada a Jerusalén a lomos de un asno, en el siglo I. Por tanto, el versículo 9 está separado del versículo 10. Los lapsos de tiempo en los pasajes proféticos como Zacarías 9:9-10 indican que podría haber un intervalo en Daniel 9:24 27. Algo parecido debe esperarse respecto a las dos venidas de Jesús.

2.     Daniel 9:26 declara que el Mesías morirá “después” de las sesenta y nueve semanas. El uso que hace Daniel de la palabra “después” revela un intervalo. Daniel 9:26 señala: “Después de las sesenta y dos semanas, se le quitará la vida al príncipe elegido [el Mesías]. Éste se quedará sin ciudad y sin santuario” (NVI). El Mesías no es ejecutado al “final” de las sesenta y nueve semanas ni al “principio” de la septuagésima semana, sino “después” de las sesenta y nueve semanas. Por tanto, dentro del texto un término indica un intervalo entre la sexagésima novena y la septuagésima semanas.

3.     La destrucción de Jerusalén predicha en Daniel 9:26 sucedió décadas después de la culminación de la sexagésima novena semana. Daniel 9:26 declara que “después de las sesenta y dos semanas” el príncipe que vendrá “destruirá la ciudad y el santuario”, una referencia a Jerusalén y el templo. Esta destrucción tuvo lugar en el 70 d.C. Si la totalidad de la profecía de las setenta semanas continuara sin intervalo, la septuagésima semana habría expirado en la década de los 30 d.C. Sin embargo, Jerusalén y el templo no fueron destruidos entonces. Dado que esta destrucción se produjo casi cuatro décadas después del final de la sexagésima novena semana, es necesario que exista este espacio de tiempo entre ambas semanas para incluir la destrucción del 70 d.C.

4.     Las seis predicciones de Daniel 9:24 no se han cumplido aún. En Daniel 9:24, el profeta menciona seis predicciones importantes que resultarán del decreto de las setenta semanas: (1) “terminar la prevaricación”, (2) “poner fin al pecado”, (3) “expiar la iniquidad”, (4) “traer la justicia perdurable”, (5) “sellar la visión y la profecía” y (6) “ungir al Santo de los santos”. Si alguien sostiene que las setenta semanas expiraron en el siglo I, las seis predicciones deberían haberse cumplido por completo en la década de los 30 d.C. Sin embargo, no fue así. La base para que se realizaran las tres primeras se dio con la primera venida de Jesús. Sin embargo, el pecado de Israel contra Dios no se ha revertido todavía. De manera que, aunque la muerte de Jesús ya ha expiado el pecado, Israel no ha experimentado todavía este beneficio. La salvación de Israel está aún por llegar (cf. Zac. 12:10; Ro. 11:26). Existen, pues, otros asuntos que no se han producido aún. La justicia eterna no ha sido establecida. No se han cumplido todas las profecías. El ungimiento del templo en el reino del Mesías tampoco ha tenido lugar. Como algunas de las predicciones de Daniel 9:24 tienen que ocurrir aún, esto tendrá que suceder en el futuro.

5.     Lo que se describe para la septuagésima semana de Daniel 9:27 no se ha cumplido aún. La falta de cumplimiento de Daniel 9:27 en este momento de la historia es la prueba de que la septuagésima semana de Daniel se cumplirá en un tiempo futuro. Ningún príncipe maligno procedente del Imperio romano ha hecho un pacto de siete años con el pueblo judío. No se ha producido violación alguna de un pacto de siete años, transcurridos tres años y medio. Ninguna figura del anticristo ha cometido abominaciones en el templo. Tampoco ha sido destruido aquel que ha cometido tal profanación. Estos sucesos no se han llevado a cabo en la década de los 30 d.C. y, por tanto, aguardan su cumplimiento futuro.

6.     Jesús se refiere a la abominación de la desolación de Daniel 9:27 como algo futuro y posterior a su primera venida. En Mateo 24–25 Jesús predijo acontecimientos por venir. En Mateo 24:15 Jesús declaró: “Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel (el que lee, entienda)…”. Este es el mismo suceso predicho en Daniel 9:27: “Con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador”. Este acontecimiento era, sin embargo, futuro desde la perspectiva de Jesús y no se cumplió en la década de los 30 d.C.

7.     En la década de los 50 d.C., Pablo habló de los acontecimientos de Daniel 9:27 como algo futuro. En 2 Tesalonicenses 2, Pablo escribe sobre la manifestación de un “hombre de pecado” que entra en el templo y declara ser Dios (2 Ts. 2:3-4). Asimismo, habla de este hombre impío que se enfrenta a la ira del Señor Jesús, quien acaba con él a su regreso: “Y entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida” (2 Ts. 2:8). Pablo se apoya en Daniel 9:27 para establecer que habrá una abominación futura de desolación por parte de una persona malvada, y que esta será destruida por Dios. Que Pablo esté prediciendo estos acontecimientos en la década de los 50 d.C. muestra que estos acontecimientos son futuros desde su perspectiva, y que no se habían cumplido en la década de los 30 d.C. El inspirado comentario de Pablo sobre Daniel 9:27 muestra que los acontecimientos de la septuagésima semana de Daniel están situados en el futuro.

La revelación sitúa el marco de tiempo de Daniel 9:27 en el futuro. Daniel 9:27 habla de un período de siete años en el que un príncipe que vendrá establecerá un pacto “con muchos” durante una semana (siete años). Sin embargo, a la mitad de esta semana, transcurridos tres años y medio, quebrantará este tratado. El apóstol Juan, que escribió en la década de los 90 d.C., se refirió en múltiples ocasiones a un período venidero de tres años y medio. En Apocalipsis 11:2 afirma que la “santa ciudad” [Jerusalén] será hollada durante “cuarenta y dos meses”. “Cuarenta y dos meses” son tres años y medio. Y dado que Daniel 9:27 también habla de un evento de “abominaciones” en Jerusalén, Juan está relacionando claramente su declaración con Daniel 9:27. Como Juan está escribiendo varias décadas después de la década de los 30 d.C., debe ver que la segunda parte de la septuagésima semana de Daniel está en el futuro desde su posición ventajosa. De ser así, tiene que haber un intervalo entre la sexagésima novena semana y la septuagésima. Juan también predijo que la nación de Israel huiría al desierto durante “mil doscientos sesenta días” (Ap. 12:6). Este marco de tiempo equivale a tres años y medio. En Apocalipsis 13:4-5, Juan describe a un “bestia” maligna que habla con arrogancia y blasfema durante “cuarenta y dos meses”. Esto es paralelo a Daniel 9:27 y a la asociación de una figura maligna con un período de tres años y medio. En resumen, dado que Juan se refiere al marco de tiempo y a los acontecimientos de Daniel 9:27 que necesitan cumplirse en el futuro, esto muestra que los sucesos de este período deben ser futuros.

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