Espera Mesiánica

 


Espera Mesiánica: Introducción

La espera mesiánica indica fundamentalmente el sentido de una expectativa nacida en el pueblo de Israel respecto a la intervención de Yahveh gracias a la cual establecería su reino en la tierra. Esta esperanza es estrictamente postbíblica, posterior a la caída de la monarquía hebrea bajo los embates de asirios y caldeos (años 733 a.C. para el reino del Norte; 587 a.C. para el del Sur) y surge embrionariamente en las comunidades del exilio. Los profetas Hageo y Zacarías esperaban que el reino de David se restaurara con un individuo específico como inicio de una nueva época para Israel, pero sin la personalidad escatológica que adquirirá después. Todavía en los días que se escribe el libro de Tobit, en el período del Segundo Templo, cuando se habla de una salvación escatológica y del retorno de los judíos dispersos, no se hace referencia a un mesías personal. Sin embargo, las profecías sobre la restauración de la casa real de David (cf. Sal. 18; Is. 9:1-6; 11:10; Jer. 23:5; Am. 9: 11-12; Os. 3:5; Ez. 37:15-24) ahondarán con el paso del tiempo la reflexión que desemboca en la figura de un mesías personal, agente de la acción escatológica de Dios.

Espera mesiánica en el período intertestamentario

Los dos siglos que preceden al nacimiento de Cristo contemplan el desarrollo intenso de la espera mesiánica con muchos matices y diferencias. No hay una espera, sino varias formas de ella. Toda la Escritura es releída para discernir la voluntad de Dios respecto al tiempo mesiánico y la venida del libertador. No hay uniformidad en las concepciones de espera mesiánica, por lo que se conocen varias visiones diferentes, unidas por el denominador común de la restauración de Israel y el dominio sobre los gentiles, que acudirán a Jerusalén a contemplar la gloria de Yahveh.

La mención más antigua de un rey escatológico aparece en los Oráculos Sibilinos, del 140 a.C., y se hace común en la «Visión de los Setenta Pastores» del Libro de Enoc, en tiempos de Aristóbulo I Macabeo, que aceptó el título de rey de Israel. Este concepto del mesías del linaje de David adquiere una importancia central en los Salmos de Salomón, del 63 a. C., especialmente el 17:22-25, donde se dice: «Míralo, Señor, y suscítales un rey, un hijo de David, en el momento que tú elijas, oh Dios, para que reine en Israel [tu siervo]. Rodéale de fuerza, para quebrantar a los príncipes injustos, para purificar a Jerusalén de los gentiles que la pisotean, destruyéndola, para expulsar con tu justa sabiduría a los pecadores de tu heredad, para quebrar el orgullo del pecador como vaso de alfarero, para machacar con vara de hierro todo su ser, para aniquilar a las naciones impías con la palabra de su boca, para que ante su amenaza huyan los gentiles de su presencia y para dejar convictos a los pecadores con el testimonio de sus corazones».

Espera mesiánica bajo el imperio Romano

Finalmente, bajo el yugo romano y la opresión y el sufrimiento que conlleva para el pueblo judío, cristaliza la figura del mesías davídico en su papel de caudillo militar que derrotará a los enemigos de Israel. Tal espera es la que animaba a los judíos en los días de Jesús y que aparece resumida en el cántico de Zacarías: «Este es el juramento que juró a Abraham nuestro padre, para concedernos que, una vez rescatados de las manos de los enemigos, le sirvamos sin temor, en santidad y en justicia delante de él todos nuestros días» (Lc. 1:73-75).

Los judíos identificaron muy a menudo a diferentes personajes con el (o los) mesías esperado(s), p.ej. Freoras, hermano del rey Herodes (Josefo, Ant. 17, 47), Ezequías el Galileo (Bab. Sanedrín, 98b, 99a), y Bar Kochbá, durante la segunda revuelta contra Roma.

Espera del Mesías y Esperanza escatológica

 

Los estudiosos quieren distinguir entre la «espera del mesías» y la «esperanza escatológica». La espera del mesías se identifica con el mesianismo real, de dimensiones políticas, como correspondía al ideal del gobierno teocrático israelita. El mesías sería un caudillo ungido por Yahveh para cumplir las expectativas judías de dominio político y religioso con Jerusalén como centro neurálgico; mientras que la esperanza escatológica supone que el nuevo orden de cosas llegará de repente y será sustituido por otro esencialmente distinto. La espera mesiánica se concebía como una restauración política de Israel dentro de esta era o eón. La escatología distingue entre dos eras o eones, el «eón presente» y el «eón futuro». El presente o actual está corrompido por el pecado, camina hacia espantosas catástrofes y será por fin destruido, pero Dios creará uno nuevo para los justos. En el llamado Segundo Isaías se emplea no menos de 16 veces el verbo bará, reservado para la actividad creadora de Dios, no aplicado a la primera creación, sino a la última, que tendrá lugar al final de los tiempos.

Si en la espera mesiánica el reino de David será inaugurado por el mesías regio, en la escatológica la figura clave es el Hijo del Hombre, personaje a la vez humano y trascendente (cf. Dn. 7:13-14), representado por la «piedra sin intervención de manos de hombre» (Dn. 2:34), pues es el poder divino el que hiere a los imperios del mundo. De los libros apócrifos, el Enoc etíope y el apocalipsis de 4 Esdras son los que aportan más datos sobre esta figura celestial, más parecida a un ángel que a un ser humano. Ambas esperanzas tenían también su peculiar círculo de defensores. La esperanza escatológica estaba contenida sobre todo en la literatura apocalíptica, que fue patrimonio de las escuelas sapienciales; entre el pueblo prevalecía la espera de un mesías guerrero, que respondía mejor a los anhelos de las gentes sencillas sometidas al dominio extranjero y reducidas a la pobreza. Los fariseos, partido del pueblo, aguardaban el mesianismo regio y militar; los saduceos, por el contrario, temían una forma de mesianismo que tuviera características populares. Los textos descubiertos en Qumrán, pertenecientes a los esenios, hacen referencia a diversas figuras escatológicas, designadas con el término mesías, en especial, el mesías de Aarón, de carácter religioso, y el mesías de Israel, de carácter político, y subordinado al primero (Peser de Isaías y 4Q Destrucción de los Kittim).

Un tipo de mesianismo menos conocido pero presente en algunos documentos de la época, es el que contemplaba los sufrimientos del mesías, su rechazo por el pueblo y su condena a muerte (seguida de una resurrección al tercer día), como parte inseparable del proceso redentor de una nueva era de perdón y redención.

Jesús recapitula en su persona las distintas concepciones y expectativas suscitadas por la espera mesiánica. En la conciencia de Jesús prima la concepción del mesianismo sufriente, pero no es incompatible con un mesías glorioso, sino que se presenta como un drama en dos actos. Jesús predica de un modo radicalmente nuevo la inminencia del Reino de Dios, tal como está atestiguado tanto en fuentes canónicas como ajenas a ellas, desde el llamado «Documento Q» hasta el Evangelio de Tomás. En el núcleo de esta predicación Jesús no aparece como un mero profeta, sino como «agente mesiánico» que introducirá los nuevos tiempos. Sus seguidores más íntimos estaban convencidos de que él era realmente el mesías de Israel, aunque no comprendieron la verdadera naturaleza de su mesianismo, que contemplaba el fracaso y la muerte como parte del plan divino. En Jesús se dan cita la esperanza del mesías regio y el siervo sufriente de Yahveh, cuya teología pronto será desarrollada por los apóstoles y los primeros apologetas cristianos en su confrontación con los judíos, bajo la rúbrica de los dos advenimientos: «Uno, en que fue por vosotros traspasado; otro, en que reconoceréis a aquel a quien traspasasteis, y vuestras tribus se golpearán el pecho» (Justino Mártir, Dial. Trif., 32).


Comentarios

Entradas más populares de este blog

Existencia de Satanás | Angelologia con Feliberto Vásquez Rodríguez