¿Es Moisés una copia de Akenatón?

 


Introducción

Nombre adoptado por Amenofis IV, hijo de Amenofis III, Faraón de la XVIII Dinastía; reinó en Egipto entre 1353 y 1335 a.C.

Monoteísmo egipcio

Es conocido como el «Faraón Hereje» debido a su rechazo del tradicional politeísmo de la religión egipcia, que pretendió sustituir por el culto exclusivo a Atón, el disco solar, símbolo de la energía de Ra. A partir de entonces pasó a llamarse Akhenatón. El cambio que impuso fue radical, afectó a la iconografía tradicional, a la arquitectura, a las prácticas religiosas y en general a la vida intelectual que se desarrollaba en torno a la religión.

El momento en que Akhenatón llegó al poder no podía ser más próspero; el país era una potencia económica y la corona gozaba de cuantiosos recursos. Akhenatón dedicó aquella riqueza y toda su energía personal a la imposición de su nuevo sistema religioso monoteísta, el culto a Atón. La «revolución teológica» de Akhenatón no surgió de la nada, no fue un acontecimiento repentino. Tuvo su período de preparación y fue la consecuencia directa del desarrollo de la idea imperial. Obedecía a la política de sus antecesores, preocupados por la creciente influencia y el poder de la casta sacerdotal tebana, adoradora de Amón. Los sacerdotes de Amón constituían uno de los tres poderes de Egipto; asociados al poder político del faraón y al poder militar, detentaban el poder religioso, que iba unido al conocimiento, la cultura, y la enseñanza. Amenofis II (1427-1401 a.C) fue el primero en comprender el peligro que representaba la omnipotencia del dios Amón de Tebas; su estrategia para contrarrestar el poder del sacerdocio tebano consistió en infundir un nuevo esplendor a Heliópolis, uno de los centros espirituales más antiguos del Egipto y rival de Tebas, en el que se rendía culto al dios Sol, bajo las denominaciones de Ra o Atón, y al que se representaba como una figura humana masculina con cabeza de halcón. Tutmosis IV (1401-1391), sucesor de Amenofis II, revitalizó el interés por el culto solar tanto en Heliópolis como en Giza y alzó un obelisco en honor al dios solar en Karnak. En ese momento se recuperó la representación del dios Sol a través de la imagen de Atón, es decir, el disco solar; con todo, la divinidad principal de Egipto seguía siendo Amón. Amenofis III (1391-1353 a.C), padre de Akhenatón, también combatió la influencia que la clase sacerdotal tebana ejercia sobre el panorama político y económico de Egipto; su distanciamiento del dios Amón se manifestó en algunas de las importantes iniciativas constructoras que puso en marcha, de las cuales la más significativa fue la construcción del gran templo de Luxor; se ha señalado que la intención real de esta edificación pudo ser resaltar el papel indiscutible que el faraón debía ocupar entre las divinidades, como sugiere la escultura que representa al faraón bajo la apariencia de del dios solar Ra-Atón.

El contacto personal de Akhenatón con el culto al dios Sol debió tener lugar en su infancia, con lo que las divinidades solares, entre las que Atón ocupaba un lugar destacado, estuvieron siempre presentes en la formación del joven príncipe. Por otro lado, Akhenatón se desenvolvía en una corte donde sus propios padres y algunos importantes intelectuales como Amenhotep, arquitecto y científico, o los también arquitectos Suti y Hor, fomentaron una apertura teológica que posiblemente estuviera vinculada a intereses políticos, pero que indudablemente contribuyó a la formación del carácter y pensamiento religioso del futuro faraón. Y sobre todo se ha de tener en cuenta la influencia de su madre, la reina Tiye, que fue «una mujer de dotes y fuerza de carácter inusuales, que ayudó a controlar los asuntos de estado después de la muerte de su marido durante el inicio del reinado de su hijo, y no hay duda de que ella ejercía una profunda influencia sobre su sensible e imaginativo hijo» (M. Bulley). En un principio Akhenatón no era el príncipe elegido para suceder al faraón y por ello se le pudo orientar más hacia aspectos espirituales, un aspecto más a considerar en la revolución religiosa que llevó a cabo.

Akhenatón subió al trono de Egipto a la edad de quince años y desde entonces se dedicó con ahínco a la implantación la religión solar de Atón, comenzando por depurarla. Concebía a Ra como un dios puro y lo despojó de todos los ritos en los que aparecía con figura humana. Denominó a aquel espíritu puro con el nombre de Atón y desde entonces lo representó como un disco rojo del cual partían rayos que se prolongaban hasta acabar en unas manos que alcanzaban al rey y a la reina y les trasmitían vida y poder. La primera decisión religiosa que tomó fue nombrarse a si mismo sumo sacerdote de Atón, despojando de su hegemonía al sacerdote de Amón que hasta ese momento era la personalidad más importante después del faraón. Al mismo tiempo decidió suprimir los cultos de todos los dioses, para lo cual ordenó destruir todas sus imágenes. Akhenatón pasó de ser profeta de Atón a convertirse en inquisidor de Amón y sus servidores, a los que primero privó de recursos y más tarde dispersó. Gran parte de la actuación del nuevo faraón tendía a reconquistar la autoridad absoluta de que le habían despojado los sacerdotes. En todo el imperio se clausuraron o destruyeron los templos del dios de Tebas, se confiscaron sus tesoros y se expulsó a sus sacerdotes. Se consagraron nuevos templos a Atón, entre ellos uno inmenso sito en la propia Tebas. Hasta se llegó a borrar las inscripciones de los monumentos donde la palabra «dios» aparecía en plural. Todas esas medidas desataron la violenta oposición de los sacerdotes de Amón y sus partidarios. Estallaron revueltas que fueron aplastadas por medio de una represión encarnizada y que brindaron a multitudes enfurecidas la ocasión idónea para vengarse de la otrora todopoderosa casta sacerdotal. Tebas perdió su rango de capital y Akhenatón trasladó su corte a una nueva ciudad que se conoce actualmente con el nombre de El-Amarna y que en su día recibió el nombre de Akhetatón, «Horizonte del disco solar», surgida de la nada en el Egipto Medio. Akhenatón eligió aquel emplazamiento no solo como sede de su gobierno, sino también como la residencia y propiedad de su dios: el territorio fue consagrado al dios Atón. La delimitación de Akhetatón mediante estelas fronterizas reflejaba el carácter sagrado e inviolable de la ciudad al mismo tiempo que simbolizaba la universalidad del nuevo culto.

Relación con Moisés

Sigmund Freud fue el primero en defender la tesis, para él incuestionable, del origen egipcio de Moisés, miembro de la casa real y estrechamente vinculado al faraón Akhenatón, a cuya muerte, debido al comienzo de la reacción politeísta, vio destruidas sus esperanzas y decidió probar suerte con los judíos, más cercanos al ideal del Dios único Atón Adonai. En nuestros días, Ahmed Osman ha continuado la línea de investigación abierta por Freud y llega a la conclusión sorprendente de que Moisés no fue un simple prosélito de Akhenatón, sino el faraón Akhenatón en persona. Como prueba de su aserto menciona varias similitudes en la concepción teológica de ambos; compara el Himno a Atón del faraón hereje con el Salmo 104 de la Biblia, que no sería sino una mera copia de aquel.

La cronología constituye la mejor refutación a una identificación de los dos personajes. Akhenatón concluyó su reinado en el 1335 a.C., mientras que el éxodo israelita se suele situar entre 1290-1225 a.C., si bien algunos eruditos optan por los años 1470-1447 a.C. En ambos casos la posible relación o el supuesto parentesco entre Akhenatón y Moisés quedan fuera de lugar.

Ello no obsta para que admiremos la suprema audacia de Akhenatón, “el desarrollo más alto de las ideas religiosas antes de los profetas hebreos”[1]fenómeno extraordinario que llevó al profesor Cook a designar el siglo XIV a.C como la «era mosaica».[2] El monoteísmo solar de Akhenatón obedecía a motivos religiosos y políticos de corte muy egipcio, por lo cual, al valorar la importancia de aquella reforma religiosa, debemos tener siempre en cuenta que Atón debía ser venerado por el faraón y su familia, pero que todos los demás debían venerar a Akhenatón, concepto diametralmente opuesto a la religión de Moisés. De hecho, «el carácter autoconcentrado de la fe de Akhenatón, el hecho de que solo la familia real debiese a Aton una lealtad disciplinada y razonada, y de que todos los adeptos del faraón estuviesen obligados a consagrarle a él toda su devoción, explican por qué la nueva religión se derrumbó después de la muerte de Akhenatón».[3] El monoteísmo impuesto por este faraón obedeció a la tendencia a una mayor centralización política. Las innovaciones introducidas por Akhenatón consistieron, entre otras cosas, en un énfasis mayor de los aspectos divinos de la monarquía y del rey; la religión de Moisés, por el contrario, se movía dentro de parámetros estrictamente religiosos.

El sucesor de Akhenatón fue el famoso Tut-ank-amón, primeramente, llamado Tut-ank-atón, «Imagen viva de Atón», y cuya tumba con sus tesoros casi intactos fue descubierta en 1922. El cambio de nombre es harto significativo: indica el fracaso de la empresa de Akhenatón y el triunfo definitivo de la ortodoxia sacerdotal de Tebas. El culto a Atón apenas tuvo resonancia popular; objetos de uso casero procedentes de las excavaciones de pueblos cercanos a Amarna siguen reflejando el influjo de los dioses antiguos; la nueva deidad, Atón, no aparece grabada en ellos.

Relación con los patriarcas

Se ha barajado la posibilidad de que Akhenatón fuera el faraón que dio la bienvenida a Jacob y a sus hijos. Es verosimil, pero la mayoria de autores piensa que en este caso tampoco coinciden las fechas: Jacob y José vivieron en una época anterior, tal vez sobre el 1650 a.C.

BIBLIOGRAFÍA: C. Aldred, Akhenaton: faraón de Egipto (Edaf, Madrid 1989); F. Daumas, La civilización del Egipto faraónico (Optima, Barcelona 2000); Johann Fletcher, El rey Sol de Egipto (Blume, Barcelona 2003); S. Freud, Moisés y la religión monoteísta (Alianza, Madrid 1984, original 1937); M. Hidalgo Huerta, Akhenatón, el faraón hereje de Amarna (Biblioteca Nueva, Madrid 2000); Dimitri S. Merezhkovski, El Mesías, Akhenatón, rey de Egipto (Ed. Alcántara, Madrid 1998); A. Osman, Moisés, faraón de Egipto (Planeta, Barcelona 1991); Id., Extranjero en el Valle de los Reyes (Planeta 1990); N. Reeves, Akhenatón: el falso profeta de Egipto (Anaya, Madrid 2002); A. Rosenvasser, La religión de El Amarna (Universidad de Buenos Aires 1973, 2ª ed); C.G. Starr, Historia del mundo antiguo (Akal, Madrid 1974).

Un artículo de Alfonso Ropero


[1] Dr. H.R Hall (Ancient History of the Near East, p. 300. Londres 1936),

[2] Stanley A. Cook, The “Truth” of the Bible, p. 62. SPCK, Londres 1938

[3] Graciela N. Gestoso Singer, “La iconografía de Atón en el Egipto de la dinastía XVIII y su relación con la ideología amarniana” (Transoxiana, Buenos Aires 6 Julio 2003)


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