Astarté: La diosa venerada en Israel
Introducción
Gr. Astarté, Ἀσταρτ ,
heb. 6253 Ashtoreth, ﬠַ ְ ֹרֶ ת . Diosa semítica de la naturaleza, la
vida y a la fertilidad, así como la exaltación del amor y del placer.
Una diosa universal
Astoret/Astarté es con
Ashera la diosa más importante de la tradición israelita y una de las figuras
más significativas de la mitología semita, que ha tenido un gran influjo en la
religiosidad de oriente (con Ishtar/Attargatis e incluso Afrodita). En algunos
momentos, Astarté puede identificarse con Ashera y así aparece relacionada con
Baal, en la ordalía del Carmelo (donde se habla de profetas de Baal y Ashera:
cf. 1 Rey. 18). Pero, en principio, Ashera y Astoret son diferentes. Ashera es
la Madre y su pareja es Ilu/Elohim/Allah. Astarté, en cambio, es «Diosa
activa» (fundadora del orden social) y suele estar asociada con Baal (cf.
Jue 2:13; 10:6; 1 Sam. 7:3, 4; 12:10). En Canaán era adorada por fenicios,
sidonios (1 R. 11:5) y filisteos (1 Sam. 31:10). La preponderancia de su culto
entre los semitas occidentales hizo que dentro del Imperio romano fuera la
diosa siria por antonomasia, Dea Syria. Entre los semitas orientales era
Isthar, equivalente a la Diosa del Cielo sumeria (cf. Jer. 7:18; 44:17).
Sus funciones primitivas
serían las de diosa de la vida vegetal y animal, y por su relación con la
fecundidad y la maternidad fue considerada también diosa del amor, tanto en el
aspecto familiar como en el sensual y voluptuoso. De ahí el que fuera la
patrona de la prostitución sagrada, ejercida por hombres y mujeres en los
templos, de cuyo personal (hieródulos) formaban parte.
El culto a
Astarté/Astoret se deriva de Mesopotamia, bajo la forma de Isthar, que
representaba a la estrellas matutina y vespertina. Pasó de Babilonia, con
ligeros cambios en su nombre, a todas las naciones alrededor. En Canaán se
asoció a la luna, en tanto que Baal, su consorte, al sol. Los ritos sexuales
que acompañaban su culto, propios de la vida agraria, causaron gran repugnancia
a los israelitas, recién venidos del nomadismo. W.F. Albright dice que «en
su peor momento el aspecto erótico de su culto debió haberse sumido en
profundidades extremadamente sórdidas de degradación social».[1]
La difusión de su culto
por todo el mundo antiguo hizo que los griegos la equipararan a Afrodita, en
cuanto diosa del amor y a Rea-Cibeles en cuanto divinidad agrícola; para los
romanos fue Venus y para los egipcios Isis y Hathor, los propios fenicios
habían construido un santuario para la diosa en Menfis, según cuenta Herodoto.
En el mundo cartaginés fue suplantada por Tinnit, diosa probablemente de origen
norteafricano, equiparada en griego a Artemisa y en latín a Virgo Coelestis. En
España, se descubrió un santuario de Astarté en el Carambolo Alto (Camas,
Sevilla). Su implantación fue tan profunda en estas tierras largamente
colonizadas por los fenicios que aún en época romana se advierte su presencia
en las representaciones iconográficas del Rapto de Europa.
Con el tiempo asumió
funciones y características de otras diosas, especialmente de su compañera, la
virgen Anat, con la que comparte una belleza sin par y el amor por la guerra,
de ella que tomó el carácter de diosa guerrera, representada desnuda de pie
sobre un león; bajo este aspecto podía llevar barba y armas. Era invocada bajo
las advocaciones de «Astarté del combate» y «Astarté de la
destrucción». También era protectora de los navegantes y a este título se
la conocía como «Astarté del mar». Los fenicios le atribuían dos hijos
llamados, según Filón de Biblos, Pothos, «deseo sexual», y Eros, «amor
sexual».
Se representaba bien como
una diosa que amamanta a un niño, bien como una mujer desnuda oprimiéndose los
senos o con flores de loto y serpientes en las manos.
Por otra parte, también
se asocia con árboles como el junípero, el ciprés y el pino, además de la flor
de loto y la adormidera. La planta del loto representaría, según J.A. McDonald,
el «Arbol de la Vida», otro símbolo de Astarté. En una gema minoica hay
una escena de adoración de Afrodita Urania/Astarté, en la que puede apreciarse
la estrella y el símbolo de la divinidad junto a un típico altar sobre el que
figuran tres árboles sagrados que parecen ser cipreses. El objeto situado a la
espalda de la figura de la adorante tiene todo el aspecto de ser un tymaterion,
o quemador perfumes, más bien que un árbol como generalmente se interpreta.
Los arqueólogos han
hallado infinidad de exvotos dedicados a esta diosa; son numerosas las
estatuillas de bronce o barro y las plaquitas con su imagen en bajorrelieve. En
las excavaciones realizadas en Palestina se han encontrado muchas medallas de
Astoret de formas toscas.
Entorno semita: Isthar
En relación a la religión
israelita, interesa conocer su entorno semita, que arranca de Ishtar, la diosa
central de Mesopotamia, expresión suprema de la divinidad en el oriente
antiguo, uno de los símbolos femeninos principales de la historia de las
religiones. Ella sobresale en Babilonia, como signo de armonía femenina en la
que todos (hombres y mujeres) pueden integrarse. De esa forma actúa a modo de
contrapeso de Marduk, Señor violento y guerrero.
Ishtar (Astarté) es
femenina, pero tiende a presentarse como diosa total y así aparece con
funciones y poderes más extensos que los vinculados a los dioses masculinos.
Ella conserva todavía rasgos de gran madre y recuerda, al mismo tiempo, el lado
acogedor y creativo de la vida y de la muerte. (1) Es Venus, lucero matutino,
amor como principio de la vida, la fuerza creadora que penetra y lo produce
todo. (2) Es Marte, estrella vespertina que se esconde en las regiones
inferiores, como principio de muerte que amenaza, para convertirse nuevamente,
cada día, en amor que vuelve. (3) Ella es, en fin, el signo del orden de la
tierra, apareciendo como garantía de un amor que lo vincula y lo sostiene todo.
Así aparece vinculada al cielo y al infierno, al nacimiento y a la destrucción,
a la maternidad y al crecimiento de los seres, como indica su himno:
Alabada
sea Ishtar, la más temible de las diosas, reina de las mujeres, llena de vida,
encanto y deseo… De labios es dulce, hay vida en su boca... Es gloriosa; hay
velos echados sobre su cabeza. Su cuerpo es bello, sus ojos brillantes. Es la
diosa: ¡en ella hay consejo! El hado de todo tiene ella en su mano. A su mirada
surge la alegría, es poder, magnificencia, deidad protectora y espíritu
guardián... Fuertes, exaltados, espléndidos son sus decretos…. Respetada es su
palabra: es suprema ente los dioses
(Sabiduría
del Antiguo Oriente 274-274. J.B. Pritchard, ed.)
Es la diosa total, que
simboliza y desvela los tres aspectos fundamentales de vida-amor, orden social
y muerte, que aparecen, así como expresiones de un mismo principio divino.
Frente a la lógica masculina de tipo más racionalista o unilateral (que actúa
por exclusión y violencia) se eleva aquí la lógica de la totalidad femenina. El
Dios patriarcal masculino tiende a imponerse por exclusiones, como Marduk, que
mata a su madre (Tiamat) para reinar en su lugar. Isthar, en cambio, vincula
los diversos aspectos de la vida y actúa por inclusiones; en su divinidad
pueden vincularse todos.
Diosa cananea: Astarté/Anat y Ba´Lu/Baal
Que nosotros sepamos, la
religión cananea no ha desarrollado la figura de Ishtar como en Babilonia, pero
en su lugar aparece Anat/Astarté, que cumple una función importante, al lado de
Baal (hijo de Ilu/Ashera), Dios poderoso que ha vencido al caos del mar y que
garantiza desde su palacio superior la estabilidad y la vida en el mundo. Baal
tiene el poder del cielo y la tormenta, es fuente de fecundidad, Señor del
universo. Pero su dominio se encuentra amenazado por Môtu, la muerte, con quien
comparte el dominio sobre el mundo. Por eso, para superar la muerte y retornar
de nuevo a la existencia necesita la ayuda de su pareja Anat/Astarté.
Baal es un dios
paradójico: tiene gran poder sobre el cielo y así lo muestra a través del rayo
y la tormenta, fecundando la tierra; pero, al mismo tiempo, muere cada año,
cayendo bajo dominio de Môtu, en los espacios inferiores de la misma
tierra (como signo del ciclo de vegetación). Es un dios cambiante, vencedor y
vencido, destructor y destruido y sólo puede mantenerse si le sostiene su
hermana/amante, ‘Anatu, que así aparece como principio de poder y de
estabilidad sagrada: mientras el Dios varón varía (muere y resucita, domina y
es dominado), ella se mantiene firme y permanece como signo de estabilidad por
encima de los cambios de la vida y de la muerte. Ambos son dioses de la
realidad concreta en la que varón y mujer se unen para expandir la vida,
asumiendo y superando así la muerte.
Según el mito, Baal ha
vencido al Mar, ha destruido a Lôtanu (Leviatán), la serpiente tortuosa
del caos (cf. Sal 74:14; 94:26; Is 27:1; Ez. 29:3-5; Job 41), pero no puede
superar a Môtu, la muerte (cf. KTU 1.5.I, 24-30) y así dice, cuando cae
derrotado: «Mensaje de Ba’lu, el victorioso, palabra del héroe poderoso:
¡Salve, oh divino Môtu, siervo tuyo soy para siempre!» (1.5.II, 10-11).
Baal, señor de las nubes, dueño del agua, se convierte de esa forma en siervo
(‘bd) de Môtu, bajando a la morada inferior de la tierra (1.5.V, 15). Pero él
no ha muerto del todo porque antes de bajar al fondo de la tierra ha dejado en
ella su semen de vida: «Ba’lu, el Victorioso, amó a una Novilla en la Tierra
de la enfermedad, a una vaca en los campos de la Orilla de la mortandad. Yació
con ella setenta y siete veces, la montó ochenta y ocho; y ella concibió y parió
a un muchacho» (1.5.V, 17-21).
Éste es Baal/Ba’lu, Dios
Toro (recuérdese el Becerro de Oro en Ex. 32), que, antes de bajar al abismo,
fecunda a la novilla sagrada (‘Anatu, su hermana/amante), signo de la tierra
que acoge la vida de su esposo. De esa forma se vinculan vida y muerte, en un
proceso en el que la misma divinidad se encuentra inmersa en el ciclo cósmico.
Lógicamente, la muerte de Ba’lu se expresa una intensa liturgia de duelo: «¡Ha
perecido Ba’lu! ¿Qué será del pueblo? Está muerto el hijo de Daganu (=de Ilu)!
¿Qué será de la multitud? ¡En pos de Ba’lu hemos de bajar a la tierra!»
(1.6.I, 6-8). En esa liturgia que vincula al hombre con el llanto de los
dioses, destaca la acción ‘Anatu:
«(Le tomó en sus
hombros), le subió a las cumbres del Safón, le lloró y le sepultó, le puso en
las cavernas de los dioses de la tierra» (1.6.I, 15-18). Ha
muerto Ba’lu y nadie puede ocupar su trono ni reinar en su lugar. Está triste
la tierra, postrados los dioses. Sólo ‘Anatu, la Doncella, se mantiene
vigilante, después de haberle enterrado en la cueva de la montaña. «Un día y
más días pasaron, y ‘Anatu, la Doncella, le buscó. Como el corazón de la vaca
por su ternero, como el de la oveja por su cordero, así batía el corazón de
‘Anatu por Ba’lu. Agarró a Môtu por el borde del vestido, por el extremo del
manto: alzó su voz y exclamó: ¡Venga, Môtu, dame a mi hermano!» (1,6.II,
4-11).
‘Anatu, tierra amante,
mantiene la memoria de Ba’lu, luchando contra Motu «Un día y más pasaron,
los días se hicieron meses; ‘Anatu la Doncella (Virgen, siempre joven), le
buscó.... Agarró al divino Môtu, con el cuchillo le partió; con el bieldo le
bieldó, en el fuego le quemó, con piedras de molienda le trituró, en el campo
lo diseminó» (1.6.II, 26-34). Ésta es una clara escena de siega y de
trilla. La Virgen ‘Anatu, divina trilladora, corta y aventa, quema y tritura a
Môtu, que así aparece como la otra cara de Ba’lu, pues ambos vienen a mostrarse
como signo de una misma alternancia de muerte y vida, invierno y verano.
En este contexto, Ba’lu
es signo divino de vida, pero sólo con su amante/hermana ‘Anatu. Muere el
varón, que es signo del agua y del trigo (es la cosecha), perece el triunfador
del rayo. Pero su hermana/amante está firme y le busca de nuevo, venciendo a la
muerte y haciendo que resucite en Señor de la Vida. Desde ese fondo se entiende
el final del gran drama, que el texto presenta como “sueño” del Dios Ilu: «¡Pero
está vivo Ba’lu, el Victorioso, está en su ser el Príncipe, Señor de la tierra!
Los cielos lluevan aceite, los torrentes fluyan miel! Yo lo sé: está vivo
Ba’lu, el Victorioso, está en su ser el Príncipe, Señor de la tierra»
(1.6.III, 2-8).
Ha estado seca la gleba,
resecos los surcos del sembrado, abandonado el campo, turbado el mar (cf 1.6.
IV-V), pero ahora que ‘Anatu ha vencido a Môtu, puede alzarse Ba’lu victorioso.
Junto a la primera pareja de dioses (Ilu/Ashera), con una función básicamente
engendradora, viene a desvelarse así esta nueva pareja (Ba’lu y ‘Anatu), que
preside y define el sentido actual del mundo.
Astarté, una diosa en él entorno de la Biblia
La figura de Baal ha
crecido en importancia, de tal forma que en los siglos IX-VIII a.C. vino a
presentarse como antagonista principal del Dios Yahvé para los hebreos,
mientras El-Ilu casi desaparece de la Biblia, absorbido por Yahvé Elohim. Pues
bien, en el contexto bíblico, al lado de Ba’lu no suele encontrarse ya Astarté
(Ashtartu Anatu), como en los textos de Ugarit, sino la misma Ashera, que asume
ahora los rasgos y funciones de Astarté, mostrándose, así como gran diosa
femenina abarcadora. Pero Astarté (=Astarot, Astoret) no se esfuma del todo,
como muestra no sólo su pervivencia en diversos toponímicos (cf. Gn. 14:15; Dt.
1:4; Jos. 9:10; 12:4; 13:12), sino el hecho de que la Biblia critique su culto.
Parece menos popular que Ashera, pero tiene también mucha importancia.
Astarté en la época de los Jueces
Astarté fue venerada por
los hebreos casi desde el primer momento de su asentamiento en Canaán, incluso
se habla de una ciudad.
En el libro de los Jueces
el culto a Astoret aparece como causante de la caída en la idolatría de los
israelitas, que «dejaron a Yahvé, y adoraron a Baal y a Astarot» (Jue.
2:13). «Pero los hijos de Israel volvieron a hacer lo malo ante los ojos de
Yahvé y sirvieron a los Baales y a Astarot, a los dioses de Siria, a los dioses
de Sidón, a los dioses de Moab, a los dioses de los hijos de Amón y a los
dioses de los filisteos. Abandonaron a Yahvé y no lo sirvieron» (Jue.
10:6). En el primer pasaje Baal y Astarté forman una pareja, como en los textos
de Ugarit. Pero en el segundo Astarté aparece como figura independiente,
vinculada a los dioses de los países del entorno.
Está relacionada a la memoria de Samuel y su reforma
religiosa:
«Habló entonces Samuel a
toda la casa de Israel, diciendo: Si de todo vuestro corazón os volvéis a
Yahvé, quitad de entre vosotros los dioses ajenos y a Astarot, dedicad vuestro
corazón a Yahvé y servidle solo a él, y él os librará de manos de los
filisteos. Entonces los hijos de Israel quitaron a los baales y a Astarot, y
sirvieron solo a Yahvé» (1 Sam. 7:3-4). Este pasaje, lo
mismo que el correspondiente de 1 Sam. 12:10, habla de los baales en general
(como poderes divinos de tipo masculino), mientras presenta a Astarté como
diosa única. En ese mismo contexto de lucha contra el baalismo y el culto de
Astarté se sitúa la noticia de que los filisteos, tras vencer al rey Saúl
(apoyado por Samuel), «pusieron sus armas en el templo de Astarot y colgaron
su cuerpo en el muro de Bet-sheán», (1 Sam. 12:10); es evidente que ellos
consideran a Astarté como la vencedora.
Los profetas anteriores
al exilio clamaron contra ella, y los «lugares altos» donde recibía
culto, rodeada de ofrendas, perfumes e inciensos, igualmente execrables (cf.
Jer. 7:18; 44:15-26). Los profetas también rechazaban aquellos inciensos
debidos, según Godbey, a su carácter narcótico. Los niños recogían leña por las
calles a fin de encender fogatas en su honor; las mujeres hacían tortas
sacramentales con su figura; se quemaba incienso y se hacían libaciones para
tenerla propicia, pues se creía que de esta forma no faltarían los alimentos y
los asuntos colectivos marcharían mejor. Josías, finalmente, decidió acabar con
estas prácticas y destruyó sus imágenes (2 R. 23:4-13).
Es diosa de los sidonios
En esa línea, y a pesar
de los textos que la vinculan a Baal, figura venerada por los israelitas,
Astarté aparece en la Biblia más relacionada con los cultos extranjeros y
especialmente con la ciudad fenicia de Sidón: «Cuando Salomón era ya viejo,
sus mujeres le inclinaron el corazón tras dioses ajenos… y siguió a Astoret,
diosa de los sidonios, y a Molok, ídolo abominable de los amonitas... y a
Qamós, dios de Moab…» (cf. 1. R. 11:5; 5:33). Lo mismo se dice al evocar la
reforma de Josías, que profanó y destruyó los lugares de Salomón había
construido en una colina, frente a Jerusalén, en honor de Astoret, «ídolo
abominable de los sidonios» y de Molok y Qamós (cf. 2 R. 3:11).
Astarté (Ishtar, Anat, Afrodita…) recoge así elementos de Ashera y aparece como figura femenina de Dios, vinculada a la fertilidad y a la vida, al amor (fraterno/esponsal) y a la victoria sobre la muerte. Significativamente en el centro parece estar Baal, que resucita, pero lo hace por impulso de ella, que es el signo de la vida que vence a la muerte, integrada en el círculo de la naturaleza, donde todo se repite sin fin, sin verdadera trascendencia ni futuro de salvación. Por eso, al final de su camino, tanto el judaísmo como el cristianismo han descubierto y han dicho que Ishtar/Astarté no eran garantía ni signo de salvación.
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[1]
Archaeology and the religion of Israel, 76, 77.1968
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