Abominación Desoladora ¿El principio del fin?
Abominación Desoladora
Heb. 8251 shiqqûts
meshômem, ם ִ מֵ מְ ץ , traducida lit. al gr. de la Sept. bdélygma
eregmóseos, βδλυγμα ρηγμσεως = «la impureza de la desolación» (cf. Mt.
24:15; Mc. 13:14). Hebraísmo equivalente a un superlativo, utilizado por Daniel
para describir la profanación del Templo (Dn. 11:31; 12:11). Equivale a
sacrilegio en grado sumo: «Sobre alas ( ְ נֽ ף ) de abominaciones vendrá el
desolador» (Dn. 9:27). Jesús utiliza esta expresión en los Evangelios: «La
abominación desoladora (bdélygma tes eregmóseos, βδλυγμα τ ς ρηγμσεως),
de la cual habló el profeta Daniel» Mt. 24:15; Mc. 13:14; Lc. 21:20), como
una señal que marca el momento de salir de Judea.
A pesar de todos los
esfuerzos por tratar de explicar estos términos en hebreo, los eruditos no se
ponen de acuerdo respecto a su significado preciso. Mientras que la mayoría de
los comentaristas interpreta la primera palabra heb. shiqqûts como
«abominación», tal como se emplea para referirse a estatuas idolátricas, otros
la toman en el sentido de menosprecio hacia un ídolo o un dios pagano. El
segundo elemento de la expresión, meshômem, es interpretado por muchos
como «deolación» en abstracto, si bien otros lo toman como referencia
concreta a una persona. Por encima del desacuerdo sobre el sentido preciso de
esta expresión, los eruditos concuerdan en su significado general. Se admite
comúnmente, lo cual es acertado, que la expresión hebrea se debe entender como
un emblema de la idolatría, cuya imposición supone una profanación insoportable
de la santidad del culto divino. «Cualquier cosa que violentase los
sentimientos religiosos del pueblo judío debía describirse de esa manera»
(Swete).
Daniel hace referencia a
los sucesos acontecidos durante el dominio de rey helenístico de la dinastía
seléucida Antíoco IV. Se atribuyó el título de Theós Epífanes, que significa «el
dios manifiesto». Mostró un absoluto desprecio por la nación de Israel. En
el año 168 a.C. saqueó el Templo de Jerusalén, apoderándose del candelabro de
siete brazos, del altar de oro y de todos los utensilios de valor. Un año más
tarde, el 15 de diciembre de 167, profanó el Santuario al erigir un ara a Zeus
Olímpico sobre el altar de los holocaustos y derramar sangre de cerdo sobre el
propiciatorio (1 Mac. 1:54-57; 2 Mac. 6:2), auténtica «abominación de la
desolación».
Tres años después, los
judíos insurrectos se alzaron victoriosos y purificaron el Templo 1 Mac. 4:36-59:
Judas y sus hermanos dijeron entonces: «Ahora que nuestros
enemigos han sido derrotados, vayamos a purificar y a consagrar el templo.» Todo el ejército se reunió y subió al monte Sión. Allí vieron el templo en ruinas, el altar profanado, las puertas
incendiadas; en los atrios crecía la maleza, como en el bosque o en el monte;
las habitaciones estaban destruidas.[1] Entonces se rasgaron la ropa, dieron muestras de intenso dolor,
se cubrieron de ceniza y se inclinaron hasta tocar
el suelo con la frente. Luego, al toque de las trompetas, clamaron a Dios. En seguida Judas dio a sus soldados la orden de atacar la
ciudadela, mientras él purificaba el templo.
Escogió sacerdotes de conducta intachable, cumplidores de la
ley, para que purificaran el
templo y llevaran las piedras profanadas a un lugar no sagrado. Estuvieron pensando qué hacer con el altar de los holocaustos,
que había sido profanado, y por fin se les ocurrió la
buena idea de destruirlo, para que no fuera una continua acusación contra
ellos, puesto que los paganos lo habían profanado. Así pues, demolieron el
altar y colocaron las piedras en
la colina del templo, en lugar apropiado, hasta que viniera un profeta que les
indicara lo que debían hacer con ellas.
Luego tomaron piedras sin tallar, según lo ordena la ley, y
construyeron un nuevo altar igual al anterior.[2] Reconstruyeron el templo, restauraron su interior y purificaron
los atrios. Hicieron nuevos utensilios
sagrados y volvieron a instalar en el santuario el candelabro, el altar del
incienso y la mesa para los panes sagrados.[3] Quemaron incienso sobre el altar y encendieron las lámparas del
candelabro para que alumbraran en el santuario.[4] Pusieron panes sobre la mesa y colgaron las cortinas, y así
terminaron todo su trabajo.
El día veinticinco del noveno mes (es decir, el mes llamado
Quisleu) del año ciento cuarenta y ocho, se levantaron muy temprano[5] y ofrecieron, de acuerdo con la ley, un sacrificio sobre el
nuevo altar de los holocaustos que habían construido.[6] En el aniversario del día en que los paganos habían profanado el
altar, en ese mismo día, lo consagraron con cantos y música de cítaras, arpas y
platillos.[7]
Todo el pueblo cayó de rodillas y se inclinó hasta el suelo para
adorar a Dios y darle gracias por el éxito que les había concedido. Durante ocho días celebraron la consagración del altar y
ofrecieron con alegría holocaustos y sacrificios de reconciliación y de acción
de gracias. Adornaron la fachada del
santuario con coronas de oro y escudos decorativos, repararon las entradas y
las habitaciones, y les pusieron puertas.[8] Hubo gran alegría en el pueblo, porque se veían libres de la
humillación que les habían causado los paganos. Judas con sus hermanos y con todo el pueblo de Israel reunido
determinaron que la consagración del nuevo altar se debía celebrar cada año con
gozo y alegría durante ocho días, a partir del día veinticinco del mes de
Quisleu.[9]
En resumen, el altar
idolátrico fue destruido y el antiguo altar de los holocaustos fue derribado
por haber sido mancillado. Se erigió otro con piedras sin labrar, de acuerdo
con la Ley. El 25 de diciembre de 165 a.C., se celebró la fiesta de la «Dedicación»
del Templo purificado y a partir de entonces este recuerdo fue festejado cada
año (Jn. 10:22) con el nombre de Januká.
En el discurso escatológico de Jesús la «abominación desoladora» (Mt. 24:15; Mc. 13:13; Lc. 21:20) ha de servir a sus discípulos como señal para abandonar Judea. Se considera que se cumplió durante la guerra con Roma (años 66-70), cuando los soldados de Tito Vespasiano introdujeron sus estandartes y enseñas en Tierra Santa y más particularmente en la ciudad santa de Jerusalén, poco antes de la destrucción del Templo. Este sería el evento profetizado por Jesús a sus discípulos como señal de su partida. Es verdad que los estandartes romanos, aborrecidos por los judíos debido a que representaban la idolatría imperial, fueron realmente introducidos en el Templo por Tito tras la captura del último reducto de la resistencia judía, pero Mt. 24:15 y Mc. 13:13 dicen que la «abominación» ha de darse en el «lugar santo», o sea en el Templo, y el problema es que la acción de Tito fue un acontecimiento demasiado tardío como para servir de señal de huida.
Otros la asimilan al sacrilegio del Templo perpetrado por parte de los zelotes, quienes lo tomaron por asalto y se apoderaron de él poco antes de que Jerusalén fuera ocupada por Tito. Pero este punto de vista suele ser rechazado en general por razones simples, ya que la «abominación desoladora» de Daniel mencionada por Jesús está relacionada con la intrusión de ídolos en el lugar santo.
A la luz de la historia inmediata, se ha interpretado la advertencia de Jesús a sus discípulos de la siguiente manera: Alrededor del año 40 de nuestra era el emperador Calígula emitió un decreto terminante ordenando la construcción y adoración de su estatua en el Templo de Jerusalén. Designó al gobernador de Siria para llevar a cabo su decreto, aunque eso significara la guerra contra los judíos rebeldes. Como consecuencia de ello, los judíos protestaron a decenas de millares ante su gobernador diciéndole que preferían ser masacrados antes que ser condenados a presenciar la profanación idolátrica de su Templo. Poco después, Petronio pidió a Calígula revocar esa orden, y Agrippa I, que vivía en Roma, convenció al emperador para que no ejecutara aquel decreto. Al parecer, Calígula consintió, no sin arrepentirse a continuación, pero su muerte prematura (año 41) le impidió cualquier acción ulterior. En vista de estos hechos, se cree que los discípulos podían fácilmente calcular la construcción de la estatua y su llegada al Templo como un acto de abominable idolatría, y por lo tanto ver en ella la señal anunciada por Cristo. Esta interpretación no carece de dificultades, pero es una alternativa plausible a las dos anteriores.
BIBLIOGRAFÍA: E.L. Carba losa, Daniel y el reino mesiánico (PE 1979); J. Grau, Las profecías de Daniel (EEE 1977); W. Hendriksen, El Evangelio según San Mateo (SLC 1986); E. Schürer, Historia del pueblo judío en tiempos de Jesús, vol. I (Cristiandad 1985); V. Taylor, Comentario del Evangelio según san Marcos (Cristiandad 1979).
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